Mahide
 
   
 

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MARCELINO, EL DEL PAN Y DEL VINO

Un cura siempre movido por el anhelo de acercar el cielo a la tierra, a pesar de que a veces tenga que construir en la utopía

Por estas fechas, más o menos, se cumplen los 50 años de aquel lejano día que llegaron al occidente de Aliste un pequeño grupo de curas dispuestos a cerandar la religiosidad y la manera de vivir en estas tierras. Aquí llegaron con nuevos aires y renovado impulso para hacer en estos pueblos un nuevo reino, donde la armonía entre la gente, la solidaridad entre los vecinos y el progreso para sus habitantes fueran la nueva bandera de su identidad. A esta labor se volcaron con empeño y dedicación. Tuvieron claro desde el principio que no se trataba de proclamarlo de palabra ni explicarlo con sermones, había que predicar con el ejemplo y demostrarlo con obras. Así lo hicieron Marcelino, Marcelo, Carmelo y alguno más.


Se centraron en cuerpo y alma a cambiar la mentalidad añeja de las gentes de la contorna, agarrados desde siglos al zacho y a la hoz, a las llatas y a la cortina, a la vaca y al jato para sobrevivir en una tierra que hay que cavar hondo para arrancarle algo de provecho. De la noche a la mañana y para sorpresa de todos, estos curas cambiaron la tonsura por la melena, el báculo por el zadón, el birrete por el sombrero de paja y la sotana por el mono azulón? Y se lanzaron a la aventura de hacer en Aliste "un nuevo reino", tal como lo soñaban y querían, para sí y para sus gentes.

Comenzaron componiendo un himno para ese proyecto: "Es Aliste mi tierra, mi tierra y no más, donde tengo a mis amores que nunca podré olvidar?.", cuya letra recoge la realidad de esta tierra y las aspiraciones de sus moradores, siempre entonado al son de palmas al finalizar la misa patronal de cada pueblo. Al mismo tiempo se volcaron en mimar las plantas más delicadas de esta árida tierra, los jóvenes.

Sabedores de que no hay progreso sin formación, intentaron que la juventud echara raíces y se plantara en esta tierra para hacerla prosperar. Para ello montaron una escuela de capacitación agraria en Mahíde, por la que fueron pasando muchos "mozos de media polaina" -como les llamaba Carmelo- al terminar sus estudios en las escuelas unitarias de los pueblos. Por primera vez en bastantes años, muchos adolescentes dejaron de ir a la sierra a plantar pinos y empezaron a ver cómo se gestiona una granja, cómo se desmonta el motor de un tractor o cómo alternar los cultivos de secano con el barbecho. También pusieron en marcha guarderías en algunas localidades, para aliviar a los más pequeños de los rigores de la inclemente segada. Después montaron cooperativas implicando a jóvenes locales y compraron máquinas segadoras. ¡Aquellas benditas Olympias que desparramaban por toda la facera su característico "pa-rra- pa-pá" !. Que no solo segaban, sino que también ataban. Y de la noche a la mañana la segada casi pierde su propio nombre, todo se reducía a mornalar. Por primera vez en la historia de esta comarca algunas mujeres gozaron del privilegio de quedarse en casa para ocuparse de otras tareas. Pero otras, desacostumbradas o impacientes, se resistían, como que les tiraba más la hoz que la escoba o la fiambrera que el pote. Así que acudían a los quiñones para ver las nuevas máquinas. Cuando una mujer, metida en años, vio al cura sentado en su Olympia, haciendo el milagro de la multiplicación de los manojos que iba dejando como una estela tras de sí, la mujer estupefacta exclamó ante un grupo de curiosos con las hoces bajo el brazo:


-¡Demónganos! ¿Pero quién le darié las garañuelas?

-¡Es un milagro, ti Paula! Es un milagro lo que está viendo -le contestó otro hombre mientras alzaba y recolocaba su boina.

Todo parecía marchar bien, con buena acogida y bastante entusiasmo. Entonces, cuentan las malas lenguas, que una noche se le apareció en sueños el diablo al obispo de Zamora y le propuso someter a prueba el "invento de Aliste". El obispo, sin poder evitarlo, se agitaba y sudaba en cama, pero terminó por aceptar con una condición: "A Marcelino no me le toques", le dijo al diablo. Y para compensar su desasosiego y enfado, el diablo aceptó.

Así fue, casi sin saber cómo, Marcelino fue perdiendo colaboradores, que no amigos. Quedó solo ante el peligro, mejor dicho ante el reto. No le importó y tiró para adelante. Ahora él solo. E inició una nueva andadura. Montó una empresa de construcción y se centró en reconstruir iglesias, reparar tejados, dar valor a las personas, reforzar su autoestima y dar trabajo a familias.

Un día se estropeó un pie al resbalar de un andamio. En el hospital, el traumatólogo le dijo que tenía que reposar y permanecer en observación unos días.

-Doctor, hágame un apaño como sea para el domingo -le solicitó Marcelino.

-¿Y a qué viene tanto apuro para ese día? -le preguntó el médico.

-Es que tengo ocho misas y una boda -le contestó ante la cara totalmente desencajada que ponía el traumatólogo.

-¡Pero cómo! ¿Tú no te habías caído de un andamio?

-Pues sí. Es que aparte de subirme a los andamios también me subo a los altares para casar a la gente.

Así es este cura. Tanto reparte pan y vino en una misa, como lo sirve en las celebraciones que le prepara a sus obreros, como lo facilita a las familias de los que trabajan con él.

Hay un gesto que se repite todas las Navidades y que resume el sueño de este cura para las gentes de sus parroquias. El día de Reyes, después de la misa, sus feligreses se adelantan y lo esperan en la plaza del pueblo formando un círculo. Él se coloca en el centro y le cantan los reyes. Después entra a la casa de Natalio y sale con una ceranda repleta de caramelos, cacahuetes y chuches. El mismo la pasa entre la gente y cada cual, con espíritu infantil, coge un puñado de afecto, entrega o cariño y se lo lleva al bolsillo de su corazón. Y así hasta que se acabe. Se le nota en su sonrisa algo tímida e intimista que en esa estampa navideña se plasma el anhelo de hermandad y fraternidad que él construye con estas gentes.

Por fin, a aquel obispo le llegó el retiro y se hizo anciano. Próximo a la muerte se le volvió a aparecer el diablo en sueños:

-¡Ese cura realmente es un tipo duro, no he podido con él!

-Me lo imaginaba, es como uno de esos viejos robles de la ribera del río Aliste, bien enraizado y con fruto -le contestó medio sonámbulo el obispo-.

Efectivamente, este lozano roble no tiene desperdicio. Ahí está y ahí sigue dando gayas, bellotas y buyacas, que por algo arraigó en Mahíde. Solo que al pasar la savia por sus venas se transforma en disponibilidad, empatía y generosidad. Así es, nunca da un NO como respuesta a una petición de un feligrés: bien sea prestar una camioneta, rellenar una solicitud para un organismo público o decir una misa a un ser querido. Nunca ha cobrado nada, ni tampoco rechazado una invitación a cenar después de la misa. El probar el chorizo de matanza, los pepinillos en vinagre del huerto, el vino de propia cosecha o el pan del horno casero?; todo ello en un cálido y distendido ágape familiar, es algo de la impronta de Marcelino reconocible cuando el mismo reparte el pan en la mesa.

Circula un cuento por Aliste de que en Mahíde, siglos ha y mucho antes que la NASA, se intentó llegar a la luna. Como había, y sigue habiendo, tradición cestera, apilaron cuantos más cestos pudieron; la torre ganaba altura, pero hubo problemas de plomada y se derrumbó. Así es la vida, caer, para levantarse de nuevo e intentar otra cosa tras recobrar fuerzas aprovechando el impás de la caída. Un poco de esto tiene la trayectoria de este cura alistano, siempre movido por el anhelo de acercar el cielo a la tierra, a pesar de que a veces tenga que construir en la utopía.

¡Benditos sueños e ideales!
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19 de Agosto
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