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TORIBIO, MáS BUENO QUE EL PAN

Emotivo adiós al panadero de Mahíde, que se ganó el cariño de varias generaciones de niños alistanos con sus delicias artesanas

Chany Sebastián
Aliste y los alistanos se vistieron luto y dolor el martes para dar su último adiós a una de las personas más emblemáticas, queridas y emprendedoras de la comarca: Toribio Cisneros Garrido, “el panadero de Mahíde”.

Nuestra tierra alistana, cuna de la sencillez y la bondad en estado puro, se acostumbró a vivir y sobrevivir desde la noche de los tiempos labrando su propio destino gracias a la labor de aquellos hombres y mujeres que aquí nacieron y aquí se quedaron para formar su familia y salvar a nuestros pueblos de la extinción.

Toribio Cisneros Garrido vino al mundo en Mahíde el día 17 de abril de 1940, en plena primavera, cuando las flores cubrían el verde manto del valle y ribera del río Aliste y la preciosidad de las urces floridas y moradas convertían a la Sierra de la Culebra en un jardín natural a ras de cielo.

Al domingo siguiente, esa era la costumbre, fue bautizado en la iglesia parroquial de Santa María Egipciaca: poco podía imaginarse ni él, ni sus padres, padrinos y paisanos que estaba llamado a ser uno de los grandes hombres y hombres buenos del pueblo: “el panadero de Mahíde”.

Malos tiempos aquellos para nacer y peores para crecer, sólo un año después de que la Guerra Civil sembrara los campos de odios, muertes y venganzas, dejando como fruto la miseria, más aún en la España rural convertida en “España negra” por su aislamiento geográfico, como lo era Aliste y lo eran sus pueblos, donde la agricultura y la ganadería de subsistencia era el único medio de vida: había muchos y poco para comer.

Nació en el seno de una familia tradicional alistana formada por Felipe Cisneros Sanabria y Juana Garrido Sanabria, fruto de la cual nacieron seis hijos: Rafaela, Lorenza, Eugenio, Bernardo, Toribio y María, ya fallecidos, y Ángela.

Tras pasar unos años en la escuela de Mahíde, –había una en lo que hoy es la casa consistorial y otra en la “casa del médico”–, en 1952 vivió su primera migración, si no obligada sí necesaria, junto a otros niños del pueblo para estudiar en “Los Mercedarios” de la ciudad de Toro. Regresó al pueblo y de joven fue como todos, agricultor y ganadero. Hasta le llamaron a filas y se fue a cumplir el servicio militar en caballería en Valladolid, allá por los años 1960 y 1961.

Uno de los días más felices de su vida fue el de su boda con su amada Irene Sanabria Miguel, también de Mahíde, siendo, cómo no, su gran debilidad sus hijos: Roberto (actual alcalde del municipio de Mahíde) y Pilar (periodista, conductora de “La tarde de Cope”).

Sus paisanos destacan de él dos facetas, una la humana: “Toribio era una magnífica persona que se hacía querer por todos, niños, jóvenes y mayores”. La otra, su tesón: “Era muy trabajador, no le daba miedo nada. Era muy mañoso”. A nadie le faltó la ayuda de Toribio si alguna vez la necesitó.

Una de sus grandes pasiones era el fútbol y su equipo fue siempre el Real Madrid de míticos como Gento, Di Stéfano, Pirri, Amancio y Santillana.

La emigración fue su destino y un buen día dejó su patria chica querida de Mahíde siguiendo la ruta que habían iniciado antes el 50% de los emigrantes del pueblo al extranjero: Suiza.

Toribio e Irene encontraron morada en Lucerna. Buscaban trabajar donde fuera y como fuera, y terminó en el sector de la metalurgia. Su voluntad por progresar le llevó a exprimir su tiempo al máximo, trabajaba duro de día y aprovechaba la noche para dedicar varias horas a una panificadora donde un experto panadero italiano fue enseñándole poco a poco, sin prisa pero sin pausa, el ancestral arte de hacer pan.

Diez años estuvieron Toribio y su mujer Irene en Suiza siempre con un pensamiento en sus mentes: regresar a su querido Mahíde. Tan trabajadores como ahorradores y prevenidos fueron, que el penúltimo año de emigrantes, cuando el reloj y el calendario comenzaron a descontar las horas y los días para regresar a Aliste, contrataron e iniciaron las obras de su gran casa en la Plaza Mayor. Ese enorme edificio que todos hemos conocido como el bar, la tienda y el despacho de pan de 200 metros cuadrados.

En tierra de agricultores y ganaderos Toribio se lanzó a la aventura de meterse con las manos en la masa y así nacía una frase repetida millones de veces por los pueblos de la contorna: “el panadero de Mahíde”.

En 1973 iniciaba su labor en la artesa y horno dando como fruto unos panes tan diferentes como especiales que fueron cautivando con sus formas, texturas y sabores hasta convencer a los más exigentes paladares, un pan fino, bien amasado, de formas irregulares y cocido de forma desigual. Hogazas de kilo y medio kilo, barras de kilo, medio y cuarto cocidas al calor de la lumbre de la leña; sabrosas magdalenas y los exquisitos hornazos alistanos con su chorizo y tocino, manjares alistanos de los dioses para cualquier celebración festiva de carácter familiar o comunitaria.

En los años setenta Aliste vivía inmerso en el éxodo rural que llevaba a los más jóvenes a buscarse la vida lejos, quedándose los mayores: así en muchos pueblos la única opción para viajar era el coche del cura.

Mahíde se le quedaba pequeño para su producción de pan y Toribio se compró una Mini Ranchera para convertirse en vendedor ambulante. Si los alistanos no podían ir a comprar su pan a Mahíde, él mismo se lo llevaría a sus pueblos. Así fue como los vecinos de Figueruela de Arriba, Figueruela de Abajo, Moldones, Gallegos del Campo y Pobladura recibían su preciado manjar.

Un pan que rompió fronteras, pues en San Pedro de las Herrerías estaba el campamento juvenil “San Ignacio de Loyola” y allí fue donde miles de niños y monitores de toda la península ibérica degustaron el afamado pan de Toribio. Lo mismo que los alumnos del colegio comarcal Santa María Egipciaca de “El Gestil” que abría sus puertas en febrero de 1977 con alrededor de 300 niños de 7 a 14 años de 14 pueblos diferentes, y que cerró para siempre en junio de 2020 por falta de escolares.

Una de las cosas más recordadas por los niños de entonces eran los “chuscos de Toribio”. El panadero de Mahíde tenía una costumbre, al pesar la masa para hacer una hogaza o barra, el sobrante que retiraba no lo añadía a la artesa, lo apartaba y con cada trozo hacía un pequeño bollo que luego echaba al horno y repartía entre los rapaces.

Recuerda Andrés Castaño: “Toribio era una persona muy especial y muy buena: en nuestra casa mis hermanos y yo estábamos siempre en todo de acuerdo, hasta que había que ir a buscar el pan a casa de Toribio, queríamos ir todos porque ya sabíamos que nos iba a regalar el chusco. Era sólo pan, pero nos sabía a gloria y volvíamos camino de casa la mar contentos y felices”.

Los chuscos de Toribio eran la delicatessen para los niños de todos los pueblos a donde iba. El 18 de agosto de 2008, coincidiendo con las fiestas patronales de Santiago en Figueruela de Abajo, los niños rindieron un homenaje a Toribio, que llegó al toque de bocina y ellos corrieron hacia él: “Como siempre hubo chusco para todos: Gracias de todos los niños”, rezaba el presente con que los rapaces le obsequiaron.

En 2011, tras 38 años haciendo su exquisito pan, se jubiló Toribio, el panadero de Mahíde.

Aliste ha perdido a uno de sus artesanos más ilustres, y a uno de los alistanos más queridos en toda la comarca. El 22 noviembre Toribio dejó su querido Mahíde para irse al cielo.
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